Hasta hace unos pocos años, las actividades orales dejaban de existir en las aulas de primaria y, más aún, en las de secundaria, pues se pensaba que los niños habían adquirido las destrezas del lenguaje durante la etapa de infantil y, por tanto, este tipo de actividades ya no eran necesarias en los niveles superiores.
Hoy en día, esta concepción está cambiando, no obstante no se les acaba de otorgar la importancia suficiente a estos ejercicios.
Bajo mi punto de vista, el problema viene a raíz de pensar que el lenguaje consiste en saber pronunciar las palabras adecuadamente y que por ello, una vez logrado, ya no es necesario dedicarle tiempo en las aulas. Pero esto no es en absoluto coherente. El lenguaje no solo es saber hablar, sino que se trata de algo más complejo. Las personas debemos saber comunicarnos correctamente, conocer los distintos tipos de registros que se pueden emplear atendiendo a las diversas situaciones comunicativas y es imprescindible contar con la capacidad de comunicarte con distintas personas.
Por todo esto, pienso que las actividades orales no deberían desaparecer de las aulas, ni siquiera en los niveles superiores como el Bachillerato o la Universidad. No se trata de hacer exposiciones únicamente, sino de crear situaciones en la clase en las que los alumnos puedan dar su opinión, aprender a respetar los turnos de palabra, etc. Los docentes debemos plantearnos esta situación y trabajar de forma más frecuente la oralidad.